Tambores de guerra

Por Carlos Jijón

Según informa la encuestadora Cedatos, el 80% de los ecuatorianos aprueba las acciones tomadas por el presidente Rafael Correa en la crisis diplomática surgida a raíz de la incursión, en territorio ecuatoriano, de un comando del Ejército colombiano para ejecutar al número dos de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia. No quiero ser “contreras”, pero yo discrepo. Y como sostengo que, a diferencia de los políticos, los periodistas no necesitamos sostener nuestros razonamientos en la popularidad, voy a permitirme razonar mi disenso.

Nadie podría negar que Colombia violó la soberanía del Ecuador al matar al enemigo numero uno de sus ciudadanos en nuestro territorio. Pero el Ecuador no rompió relaciones con el Perú ni en los aciagos días de la guerra del Cenepa, ni en la de Tiwintza. En esos momentos oscuros, la aviación peruana bombardeaba nuestros destacamentos militares, nuestros muchachos regresaban en cajones de madera o mutilados, pero ni expulsamos al embajador del Perú, ni mucho menos rompimos relaciones. Quizás debimos hacerlo. Señalo el hecho para evidenciar lo que a mi juicio es ahora una exageración.

Colombia no es un enemigo del Ecuador. Creo que todos estamos claros que, si bien bombardeó posiciones ecuatorianas la madrugada del sábado, su objetivo no era el Ecuador, sino una base de las FARC asentada en nuestro territorio. No hay un solo muerto ecuatoriano. Por supuesto, no tenían derecho a bombardear el territorio y menos a incursionar en él para llevarse los cadáveres sin el consentimiento del jefe de Estado. Pero expulsar al embajador, con una protesta enérgica ante los organismos internacionales parecía suficiente con una nación a las que nos une tales lazos históricos. Romper relaciones, al extremo de enviar tropas a la frontera, es una evidente exageración.

Durante años he sostenido en esta columna la tesis de que el Ecuador no debe involucrarse en el conflicto colombiano. Aunque la defensa de principios como la democracia y la libertad me ubican en el bando contrario al de las FARC, siempre he pensado que no teníamos por qué dejarnos arrastrar por Colombia en una guerra contra la guerrilla. Nunca imaginé que íbamos a terminar moviendo las tropas, no contra las FARC, sino en contra de Colombia. Ni que íbamos a alinearnos en la misma política internacional de un jefe de Estado que ha pedido un minuto de silencio en honor al líder de una guerrilla que mantiene encadenada en la selva, junto a centenares de inocentes a los que han secuestrado a una mujer que no ha cometido delito alguno.

Así que lamento no sumarme al pedido de unidad hecho por el señor Presidente de la República, porque no encuentro que estemos ante un peligro para la seguridad nacional, sino ante una diferencia ideológica entre dos jefes de Estado. Y para eso no se movilizan las tropas.

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