Chávez contra Uribe en el hemisferio

Por Carlos Alberto Montaner

Después de todo, tal vez el rey Juan Carlos no tenía razón. A Chávez no hay que callarlo, sino dejarlo hablar. El es su peor enemigo. El gobierno colombiano no tiene que defenderse de los ataques de Hugo Chávez. Lo que debe hacer es divulgarlos. El espectáculo de ese pintoresco personaje vestido de rojo profiriendo los peores insultos contra el presidente Alvaro Uribe es el mejor argumento en contra del desquiciado venezolano. Quien vea y escuche esas groseras ofensas sólo puede pensar que está ante un matón de quinta categoría al que urgentemente hay que colocarle una camisa de fuerza.

Pero hay algo más que locura y violencia verbal. El espionaje venezolano está interesado en el funcionamiento de los cuarteles del país vecino: mientras se desarrollaba este grotesco episodio, la revista Cambio de Bogotá revelaba que la inteligencia colombiana había descubierto la intensa penetración del aparato subversivo chavista en las instituciones militares nacionales, incluida la deserción del coronel Carlos Alberto García, quien se habría pasado a Venezuela con importantísimas informaciones sobre las operaciones secretas de la lucha antiterrorista. Simultáneamente, El Nuevo Herald, en un artículo firmado por Gonzalo Guillén, contaba cómo millares de balas compradas o producidas para las fuerzas armadas de Venezuela habían ido a parar a manos de las narcoguerrillas comunistas de las FARC y del ELN, dos organizaciones calificadas como terroristas por la Unión Europea y por cualquier persona que no tenga las entendedoras atontadas por el fanatismo ideológico.

Parece evidente, pues, que los dos países, como resultado de las injerencias de Hugo Chávez, van camino de una confrontación, lo que no quiere decir que el conflicto evolucionará hacia una guerra abierta y declarada. Sin embargo, inevitablemente todo el hemisferio se verá obligado a tomar posiciones. Estados Unidos y Canadá, que son dos democracias maduras a las que el venezolano no tiene forma de amedrentar, apoyarán a Colombia y a su presidente Uribe, que hoy cuenta con el 80% del respaldo popular en su patria de acuerdo con una encuesta reciente de Gallup.

El México de Felipe Calderón, empeñado en apaciguar a la izquierda doméstica y acosado por su lucha contra el narcotráfico, ha vuelto a refugiarse en la indiferente hipocresía de la doctrina Estrada –no injerencia en los asuntos internos de otra nación aunque se violen todos los derechos humanos– y ha optado por una diplomacia vergonzante y blandengue, alejada de la que desplegaran Ernesto Zedillo y Vicente Fox, aunque bajo cuerda y en silencio intentará ayudar a los colombianos.

Los países centroamericanos y del Caribe tratarán de ignorar el problema (Panamá, Guatemala, Honduras, Belice, República Dominicana y los cayos e islas con bandera e himno regados por el Caribe) para no perder las ventajas de los acuerdos petroleros con Caracas, aun cuando sus secretas simpatías estén con Uribe. Las excepciones serán Costa Rica, cuyo presidente, don Oscar Arias, no teme colocarse paladinamente junto a quienes defienden la libertad y la democracia, y El Salvador, donde Tony Saca no se oculta para denunciar la complicidad creciente entre la oposición del Frente Farabundo Martí y las redes subversivas bolivarianas. La Nicaragua de Daniel Ortega, sin embargo, con la oposición de la mayoría parlamentaria, se colocará francamente en el campo chavista. Para Daniel Ortega, las narcoguerrillas terroristas de las FARC y del ELN son sus hermanas ideológicas y Hugo Chávez el nuevo adalid revolucionario.

La región andina es otro cantar. Rafael Correa, el presidente ecuatoriano, es profundamente antiuribista y ya su cancillería comenzó a jugar maquiavélicamente con el lenguaje diplomático. Para Correa, quien no considera a Fidel Castro un dictador, mientras sostiene que Chávez es el único presidente latinoamericano al que le ha oído decir cosas inteligentes, de manera muy coherente con esa retorcida manera de percibir la realidad opina que las FARC de los secuestros, los asesinatos y el narcotráfico no son fuerzas terroristas, sino irregulares. Alan García, en cambio, que siente un profundo desprecio intelectual por Chávez, y que tiene en su casa peruana al chavista Humala haciendo de las suyas y dirigiendo a una buena parte de la oposición, respaldará sin miedo a Uribe.

En el sur, Chile es el único país que decidida aunque discretamente se colocará junto a Colombia. La Argentina de la señora Kirchner, comprometida con los maletazos llenos de petrodólares, el Brasil de Lula da Silva –demócrata y prudente dentro de sus fronteras, pero irresponsable y prodictadura en el exterior–, la Bolivia de Evo Morales (discípulo amado de Hugo Chávez), el Uruguay de Tabaré Vázquez, con cierta repugnancia antropológica, pero atado al lenguaje de la izquierda, militarán de una u otra manera en el bando de Chávez. Paraguay, que pesa poco en el terreno internacional, no entrará en la contienda, aunque la mayoría colorada no tiene la menor simpatía por el venezolano.

Con este panorama, el otoño próximo va ser para alquilar balcones. Este año la Cumbre Iberoamericana será en El Salvador y todos los protagonistas de la presente trifulca se sentarán en la misma mesa. Tal vez el rey Juan Carlos deba modificar sus instrucciones a Hugo Chávez. En vez del legendario ”¿Por qué no te callas?” lo más sensato acaso sea decirle: “Hable, presidente, para que se hunda. Hable mucho”.

Fuente:
Firmas Press


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