La Revolución Ciudadana

Por Cesar Montufar

Luego de la marcha de celebración del primer año del gobierno de la “revolución ciudadana”, quedó muy claro que la misma se desvanece como concepto y como práctica. Si alguna vez se pensó que el correísmo podía expresar un proceso de movilización de la sociedad en la perspectiva de transformar las prácticas de la vieja política y el Estado, lo que ahora ha quedado de este, lo que fue una de las ideas fuertes de la campaña de Rafael Correa a la Presidencia, en tan solo un año de ejercicio del poder, ha quedado reducida a un ejercicio manipulador de control y cooptación estatal de la sociedad, una intervención –no revolución- de arriba hacia abajo.

Esa era la visión que el país pudo hacerse de la marcha del sábado pasado. Decenas, cientos, miles de buses, pagados por quién, con miles de personas convocadas a mirar y a aplaudir al Presidente. Lo más típico y repudiable del más rancio populismo, la más evidente falta de respeto a cualquier noción de ciudadanía activa, de ciudadanía responsable, que antes que ser movilizada ‘a aplaudir’ al gobernante debería pedirle cuentas de sus acciones, demandarle resultados, exigirle una palabra y obra enmarcada en principios democráticos. Pero no, ya Correa en la tarima, no hizo más que hacer alarde de antipolítica, reproducir clichés machistas, caudillistas, con un hondo sentido clasista y antidemocrático. Exaltación de anti valores que nada tienen que ver con una “revolución ciudadana” o peor democrática.

Los seguidores de Huntington, y de ellos hay muchos en el actual Gobierno, nos dirán que lo que tenemos es parte de un libreto preestablecido en que el fortalecimiento del Estado, la concentración y centralización del poder son requisitos de la democracia y del surgimiento de una sociedad civil autónoma y fuerte. Abrazan sin piedad ni vergüenza los argumentos de un autor archi conservador para justificar, justificarse, la rueda de molino de que un proceso de construcción democrática puede provenir desde la voluntad de un caudillo, sin ciudadanía ni participación, sin movimientos sociales autónomos que le den contenido a la transformación. Se confunde popularidad con representación y, de esa manera, se elude el principio de que en democracia el gobernante no solo tiene que ser elegido sino de que tiene que rendir cuentas a ella y ser responsable. Y rendir cuentas no es igual a escenificar grotescos actos de masas, celebraciones, sino un ejercicio sistemático de tomar responsabilidad por lo actuado y no actuado. La lógica gubernamental anula el ejercicio ciudadano y convierte a la participación en aclamación populista.

Mucha gente comenta que a pesar de los errores, de la prepotencia y exabruptos presidenciales, en este Gobierno hay muchas cosas e iniciativas buenas; que, además, hay gente honesta y preparada. En parte, o es verdad pero el problema no es unas cuantas cosas buenas o malas sino el modelo, el proyecto que se intenta implantar. En resumen, la actual versión de “revolución ciudadana” no es más que una caricatura que esconde el tránsito trágico de nuestro país desde la partidocracia al bonapartismo; desde el gobierno de maquinarias electorales sin legitimidad ni sentido público a un caudillismo mesiánico. Aquello es cambio sí, pero no el que buscábamos ni el que nos merecemos. En la “celebración” de Guayaquil el gato no pudo ocultar a la liebre.


Fuente Diario El Comercio

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