¿No se olvidan de algo?

Autor Hans Thiel. Artículo publicado en Diario El Comercio

En teoría la Asamblea Constituyente que se reúne en Montecristi debía tener dos misiones: discutir y redactar una nueva Constitución y emprender un proceso de reestructuración del Estado. Reestructurar al Estado, se entiende, era el fin. Redactar una nueva Constitución, también se entiende, era el medio. Pero, ojo, solamente se entiende. La experiencia nos ha demostrado que la Asamblea Constituyente se ha limitado a ser un apéndice del Ejecutivo.

La Asamblea Constituyente se ha instalado hace varias semanas y todavía no hay ninguna pista – ni asomo – de una nueva Constitución. Nadie sabe si en la nueva Constitución se conservará el régimen presidencial o si se optará por la monarquía, por ejemplo.

Nadie tiene la menor sospecha respecto de si en la nueva Constitución se mantendrá la división de poderes o si, por el contrario, se inaugurará un nuevo modelo basado en la concentración de poder. Nadie sabe. Por lo menos casi ningún ciudadano de a pie sabe, o sospecha siquiera.

En este punto de la discusión caben varias preguntas: ¿la nueva Constitución será debatida por los asambleístas de Montecristi?, ¿o la nueva Constitución será aprobada huidizamente, en un subir y bajar de manos?, ¿la simbiosis Asamblea/Ejecutivo permitirá que la ciudadanía conozca el proyecto de nueva Constitución? Creo que mis preguntas son legítimas y que mis preocupaciones son justificadas. Al parecer, la prioridad de la Asamblea Constituyente será aprobar la mayor cantidad de leyes posible, en el menor tiempo posible (que alguien, por favor, llame a la oficina de récords Guinness). La llamada Ley de Equidad Tributaria, a modo de ejemplo, fue aprobada entre gallos y medianoche, sin conocimiento previo de la ciudadanía y prácticamente sin debate de los asambleístas de Montecristi. Lo que equivale a decir que la llamada Ley de Equidad Tributaria fue aprobada por sorpresa, casi por asalto. En democracia, se supone, las leyes deben ser conocidas por la ciudadanía y debatidas de modo racional, técnico y responsable. Repito: se supone. Ahh, los privilegios de la revolución ciudadana.

Una Asamblea Constituyente que no tiene ningún apuro, ninguna prioridad, en debatir y en hacer conocer a la ciudadanía un proyecto de Constitución no es una Asamblea Constituyente. Podrá ser una bien embadurnada máquina de aprobar leyes a marchas forzadas, pero jamás una Asamblea Constituyente. Nos vendieron la necesidad de una Asamblea Constituyente como el vehículo de un nuevo sistema democrático, de mejores días, de una patria altiva y soberana. Resulta, en cambio, que la Asamblea aprueba leyes a salto de mata, a susurros y casi con sigilo. La Constitución puede esperar, parece ser el lema.

A este paso la Asamblea Constituyente, que alista maletas para convertirse en una distracción itinerante, corre el peligro de perder su legitimidad y de entrar en un proceso de erosión. Como el Congreso Nacional (disuelto por la fuerza), como los partidos políticos (en estado de coma).

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